Convicciones muertas y cuerpos descompuestos

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Convicciones muertas y cuerpos descompuestos

“Matar a un hombre por defender una idea no es defender una idea, es matar a un hombre” - Sebastián Castellio

El año pasado perdí la cuenta de cuántos días pasé, desde la distancia, viendo a mi pueblo salir a la calle a protestar por la crisis humanitaria que vive Venezuela. Apretaba todo el tiempo mi celular en la mano, como si eso pudiera evitar que me llegara algún mensaje diciendo que este o el otro había acabado en el hospital.

Lo que viví yo no se compara con lo que vivieron los valientes que estuvieron en el asfalto. A mí no me atravesó la piel un perdigón. A mí no me impactó el pecho una bomba lacrimógena. A mí no me quedó en forma de cicatriz un recuerdo de la guerra.

Lloré la muerte de completos desconocidos que perdieron la vida por el país que amo. Porque cayeron defendiendo:

Defendiendo las ideas, mostrando pancartas. Defendiendo los cuerpos, improvisando escudos. Defendiendo las ideas con las ideas, dando discursos. Defendiendo los cuerpos con los cuerpos, atrapando bombas dirigidas a otros. Defendiendo las ideas con los cuerpos, quedando desnudos con la biblia en la mano. Defendiendo los cuerpos con las ideas, explicando a un militar los motivos para no disparar.

Los pensamientos habitan la carne. Los pensamientos necesitan la carne. Por eso los cementerios, además de albergar a nuestros héroes, albergan las convicciones que partieron con sus cuerpos. Cuando una idea se queda en el mundo sin su persona, no vuelve a ser la misma: pasa a ser una herencia carente de la autonomía que quien la parió podía darle.

Hoy los cuerpos de los héroes están descompuestos y sus ideas quedan a pedazos entre personas que no las llevan como las llevaron ellos. Que las ideas nos acerquen aunque sea un poco a morir me parece trágico. Pero también me parece honorable. Porque lo que ellos hicieron con sus cuerpos y sus ideas, fue intentar salvarnos.

Por su parte el gobierno asesino de Venezuela disparó en nombre del amor e izó una bandera de paz mientras hacía caer sus cuerpos. Es muy distinto elegir morir que elegir matar. Se puede justificar lo primero, pero lo segundo jamás.

Los asesinatos fueron silenciadores de sus pensamientos: apagaron los cerebros que los engendraron y secaron las bocas que los pronunciaron. El problema de disparar para callar a otros, es que no sólo les callas las ideas: también les callas la vida. Y la vida es mucho más que ideas.

Valeria Farrés

Foto por Jupasa

Valeria Farrés

Valeria Farrés

Caracas-Ciudad de México.