Contra la urbe

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Contra la urbe

“¿Cuántas estaciones tiene la Ciudad de México?” El usual diagrama de primaria salta a la mente: el invierno de árboles pelados con nieve; un otoño naranja y sin hojas; una primavera pintada de flores, y el verano coronado por el sol y los frutos en los árboles. Pero en ese imaginario también aparecen vestidos de faldas cortas y sandalias, un atuendo solamente ineficaz para las lluvias veraniegas de la ciudad. Realmente existen alrededor de dos: con lluvia y sin lluvia. Lo demás son olas de calor y frentes fríos, sequedad y granizo, los que suponen pertenecer a una época determinada pero siempre sorprenden en la mitad de la calle, sin paraguas. El oriundo, intentando armar un clóset a partir de promedios, no posee abrigos pesados ni trapos livianos. El atuendo de cada día se forma con una lógica de capas, preparado para el frío mañanero y el sol calcinante de media tarde que se esconde para dar paso al chaparrón.

La configuración de la ciudad hizo caso a ese mismo razonamiento. Una mutación constante, siempre en desarrollo, hecha de la disonancia cognitiva que plaga al transeúnte. La Ciudad de México se forma con una discrepancia de bloques y construcciones superpuestos de manera incómoda, piezas que no calzan pero que, como niño pequeño, quisieron hacer caber los círculos en donde iban triángulos. Se parece a las ciudades de arena que ellos mismos suelen construir, llenas de pasadizos que exaltan el ingenio infantil, urbes que el mar fácilmente podía llevarse con el oleaje.
Pero las megalópolis no son tan fáciles de desbaratar, así que optaron por plasmar parches sobre los lugares que dejaron de funcionar para la mentalidad moderna.

Más que un proyecto urbano, se transformó en el resultado de una metástasis continua. Las ciudades europeas se constituyen alrededor de un casco antiguo a partir del cual se dibujó la periferia que no pudo acceder a sus riquezas. Aquí existió un centro que ahora hace falta puntualizar con el adjetivo “histórico” para diferenciarlo de todos los demás, y que incluso deja una ciudad hecha de otras ciudades con diferentes apellidos: su expansión devoradora se tragó a los poblados periféricos, tejidos en una trama de avenidas principales que, a pesar de lo anchas que fuesen en algún punto, de repente desembocan y desaparecen.

Los urbanistas se creyeron reales maestros estrategas del espacio, dándose palmadas en la espalda por su habilidad para hacer puentes y autopistas. Intentaron hacer pasar la transgresión como un avance natural del progreso, separando hogares que fueron comunidad. Se convirtieron en lugares de tránsito, meros pasadizos para aquellos que concurren a sus hogares subiendo por las lomas, camino a la cima. Y los que quedaron debajo de los puentes fueron enterrados, sus casas apenas una pincelada de color dibujada por la velocidad de los automóviles. Cada carril fue pensado como un río superficial para asear la vista de quienes la navegan, una pulcritud virtual para la perfecta indiferencia.

Pero incluso aquel proyecto urbano cayó. La “ciudad-jenga" no es ella sin su caudal cargado de tráfico. El avance se estanca y comienza a salir el olor –nada que no se pueda resolver con la recirculación del aire acondicionado– y el conductor contempla su nueva vista panorámica de casas con varillas sobresalientes. Aquello que debía hacer el paso fluido se convirtió en la concientización social más efectiva. Sin embargo, tal disonancia es rápidamente superada por la mentalización optimista saliendo de la voz de Toño Esquinca, enfrentada con la preocupación de envainar el volante y defender el carril propio del resto de los coches.

A pesar de la actitud vertiginosa que también adopta el ciudadano, la brutalidad actúa sin permisos. El croquis urbano es el producto de la mezcla de los intereses de todos y de nadie, sin acuerdos ni consensos en su proyecto. No está modelada para el arribismo, supera a los urbanistas e ingenieros, se lleva a los peatones y atasca a los autos. La metrópoli está hecha por ningún otro que los metropolitanos, pero ellos mismos son arrastrados al ritmo de la hipertrofia mutante. Menos aún está hecha para el extranjero, para el que existen dos opciones: aceptar el caos o ser devorado por él. Aun así, en cualquiera de los casos prevalecerá el aturdimiento generado por el caleidoscopio giratorio que la compone. Siempre cambiante, exagerada y grandilocuente, causa una epilepsia que desorienta a todos sus habitantes, sea cual sea su condición de clase.

No es el caso de las capitales conosureñas que soñaron con ser europeas. Santiago de Chile, en su ordenado esquema post-dictadura, se ocupó de poner los paños sucios detrás de la puerta, a lo que se llama “de Plaza Italia para abajo”. El ascenso hacia la cordillera va de la mano con el escalar socioeconómico metropolitano, cuidando de las mentes de las clases altas. Aquel que venga de ese esquema urbano modelado para la ceguera se escandaliza al ver el rompecabezas que no embona de esta ciudad, un popurrí de construcciones pintadas –o en crudo– por las clases sociales diferenciadas. Al dictador le salió el tiro por la culata: la aparición de los barrios bajos como vecinos y pasadizos sobresale para los ojos que no estaban acostumbrados a verlos. Solamente aquellos, en lo alto del cerro, pueden salir a encontrarse con todas las demás ciudades latinoamericanas con su configuración de puzzle revuelto. Así también es Buenos Aires, que busca resumirse en su centro. Elige sus mejores ropajes y se maquilla a la usanza europea, e intenta ignorar la enorme urbe que se derrama más allá por la provincia, mucho más mezclada y colorida de lo que se quisiera aceptar. Y para qué hablar del porteño que piensa que su ciudad es Argentina completa; mismo pensamiento que quiso combatir la frase “Santiago no es Chile” desde el otro lado de la cordillera.

México no tuvo esa opción. Tal como con las estaciones, se resistió a ser encasillado en los órdenes occidentales, incluso derramando su capital fuera de los límites que designan a su propio nombre. Su fuerza agresiva se mostró en el exceso de categorías: en su ensaladera de transporte público formado por siete maneras distintas de movilización; en los contrastes de delegaciones y colonias que a su vez contienen zonas; en que la respuesta a la arquitectura porfirista de la Belle Époque haya sido contraponerla con un mexicano Art Déco; en las designaciones de sus avenidas principales, las cuales hablan simultáneamente de instauración y cambio; en el hecho de que el partido en el poder del país sea a su vez institucional y revolucionario.

Ha pasado por múltiples manos que quisieron modelarla a su propia visión. Como resultado, está hecha para nadie, y quizá su misma fundación sobre un lago sulfuroso significó que ningún espacio es declinable para el proyecto cívico. Siempre hubo lugar para acomodar las olas migratorias del siglo XX: sobre la tierra pantanosa, arriba de un risco, en la inclinación de una loma. Ahora, cuando el terreno se agota, se yergue encima de lo que ya había. Si el urbanismo supone trazar a partir de sus habitantes, ¿quién pertenece en una ciudad en un perpetuo proceso formativo de colisiones?

El que quiso pertenecer y el que fue engullido. Sus inmensos contrastes solamente tuvieron lugar por los encuentros de colores, diferencias chillonas que encantaron a los ojos acostumbrados a las paletas de tonos solemnes. Hacer un versus solamente obliga a levantar sus capas y distinguir su generación tectónica, levantada en edificios que asimilan montes alzados desde los choques. En ella no pertenece nadie más que el urbano, al que vive en sus contradicciones, cuya mente también entra en crisis con unas pocas gotas cayendo desde las amenazantes nubes grises. Y una vez que cae la tormenta, sin importar que esa sea una de sus dos estaciones, todo se inunda inevitablemente. Muestra la real naturaleza de la organización poblacional, que no fue orden, sino un juego de supervivencia que atrapa al peatón sin paraguas, se cuela por debajo de las puertas de las casas y devuelve las autopistas a los ríos que ahogan a los coches.

Tanto protagonista como antagónica, la Ciudad de México ya existe contra todas las urbes por transparentar su inescapable destino de colapso. No tuvo pretensión de parecer natural y se aceptó a sí misma como sintética desde el principio, instaurando todas las propuestas en la condición en que se presentasen: frágiles, desgastadas, destruidas o concretas. No se creyó proyecto urbano porque supo que jamás concluiría, y quizá esa es su mayor afrenta hacia el resto de las ciudades. La urbe es una pretensión de naturaleza fallida; su única distinción fue dejar los paños a la vista.

Imagen de Forbes México

Amanda González Alarcón

Amanda González Alarcón

Chilena paltera, 23 años. Instagram: @amandinalaandina.