Construyendo desbarates

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Construyendo desbarates

Esta habitación esta hecha especialmente para mí.
Tiene un televisor viejo y jorobado acompañado de un par de jarrones vacíos un escritorio de cristal. Hay un reloj de cuerda muy grande pegado a la pared. No sirve; está detenido a las 4:19, vale verga, no lo tengo por eso, al carajo y lo que sigue.
También está mi versión de La balsa de la Medusa, ahí colgada. Acá el retrato del Papa Inocencio X y el panel derecho de El jardín de las delicias porque sólo para eso me alcanzó. Las demás 82 pinturas que ves colgadas, son stills pasados a acuarela de Godzilla. La de 1955.
Ajá. Frente a la tele, el sillón; arrumbada por allá la computadora vieja que murió de ARES, mi mesita de centro, equis.
En este mueble están todos mis DVDs, libros y vinilos, por si algún día una chica viene, que sepa que hay cultura. El secreto es tener los suficientes libros como para cuando te pregunten qué tal está, puedas decir “la verdad no recuerdo bien” mientras lo tomas, lo volteas, lees la contraportada de reojo y la interpretas para impresionar. La verdad sólo he leído como tres, pero por eso nunca desempolvo mis cosas. Le da un efecto más realista a mi excusa. No desempolvar me ha ayudado en algunas cosas. Ese escritorio de cristal, de hecho, era para la compu vieja, tiene esa bandeja plegable donde ponías el teclado. Bueno, una vez varías veces me di mucho perico ahí hasta que una de esas la nariz me empezó a sangrar tanto que pensé que estaba teniendo un OD y no, sólo se había colado mucho polvo; como si mi subconsciente hubiese bluffeado haciéndome creer que era esto pero realmente era aquello.
Ese día la dejé.
De hacer tan seguido.
Nunca lo hago frente a los demás, eso sí.
Como todo aquí, es privado y especial para mí. Aunque quisiera compartirlo no podría, porque no me lo permití.
Construí esta habitación sobre mí. La construí desde adentro y por eso estuvo muchísimo tiempo sin puerta.
Y no es que sea agorafóbico, sólo que me sobrepasa la idea de querer salir de mi propia cabeza.
La primera vez que la construí, estaba en medio de un hogar.
Los dueños eran unos anarquistas. Una familia que escuchó las reglas y no las aceptó, contradiciendo cualquier concepto en ellas. Comencé a hacerla cuando me cayó el primer escombro. Ahí todavía tuve tiempo de tomar todo lo que quería hasta que la terminé de hacer.
Se me olvidó meter espejos, entonces nunca sé cómo me veo. Dudo que el reflejo de un televisor apagado me haga justicia.
Primero que nada porque no creo ser un televisor apagado.
Antes no estaba tan contento de estar ahí adentro. Alguna vez si deshice la habitación.
Si, deshice. Guardé mis ladrillos, el reloj, libros, discos, ajá, en mi mochila.
Qué clase de aborigen destruye lo que construye, sin más, sin mirar atrás. Y sin puertas uno no puede salir tan sencillamente.
Pues bueno. No salí de ahí a estar detrás del volante de un gran auto, no salí a estar en una hermosa casa con una hermosa esposa. En realidad todo se veía igual. Ya no había nadie, el lugar estaba sin vida. Pero lo que su vida representó seguía ahí.
Cuando no sabes donde estás, estás donde el tiempo está de tu lado.
Sabía que en mis sueños de fuga, también buscaba un azul como el de Zihuatanejo. Nostalgia prestada por lugares que no he visitado.
Emprendí un camino en el que conocí gente, algunas personas cargaron mi mochila, unas por pocos meses, otras por varios años. Descubrí que todos tenían una habitación y dejaban a las personas entrar por la puerta.
Vi porticos de todo tipo. Desde dístalos hasta dodecástillos. Habitaciones muy grandes y habitaciones muy pequeñas. En algunas dejé una que otra cosa, muchas otras ayude a construirlas, varias entre con la intención de destruirlas. La única constante es que si me robé algo de todos los lugares en los que estuve.
Eso sí, nunca ladrillos. Ha de ser mucho compromiso cimentar algo con cosas robadas.
Por veces, pude ver mi sombra cruzarse con el camino de ciertas personas, pero sólo la sombra.
Generalmente eran las personas que tenían espejos en su habitación. Pensé que era el único que no había pensado en eso, pero era una notoria minoría la que lo hizo, la que sabía como se veía. Ciertamente tenían más control sobre muchas cosas. De esas personas nunca me sentí más que su obra de caridad, siempre tratando de imponer sus conocimientos sobre mí. Yo sé que estoy mal, dejen de estar chingando.
Las que no tenían espejo siempre juraban saber en que estaban mal, pero nunca hacían nada por cambiarlo, forjaban persona a través de las cosas que tenían en su cuarto. Hay gente que sin preguntar, sabes perfectamente que creció viendo Skins y no Gossip Girl. O al revés.

Siempre estuve consciente de lo que quería.
Y lo que quería era el color que tanto soñé.
No llegué al de Guerrero, pero si de donde se encuentran las serpientes y las garrapatas, la tierra de pregoneros. Ahí hallé mi mar azul perlado.
Empecé a construir a un lado del mar, poco a poco. Con algunos troncos que corté me hice una lanchita. De vez en cuando salía a pescar.
En una de mis salidas llegué a la Isla de Pájaros, ahí escondida en la Laguna de términos. Encontré que había una habitación ahí. Modesta; estaba construida con madera, bajo un árbol de ceiba. No había puerta como tal, pero si una entrada. Un espacio donde simplemente no había tablas. Entré y encontré, sobre todo, máscaras y joyería de jade, muchas flores de xtabentún, mapas astrológicos y muchas, muchas cuerdas. Cosas que no lograba relacionar.
Luego la conocí. Xtabay, se llama. Conversamos un rato y sin saber por qué, yo ya estaba enamorado de ella. Me acompañó de regreso a mi habitación para ayudarme a terminar de construirla. Esta vez sí, con una puerta especial para que ella entrara.
Después de años buscando hogar en habitaciones ajenas, poder compartir una propia se sentía como lo correcto.
Hasta que un día, sin más, se fue.
Xtabay dejó una carta amarrada a la ceiba que plantamos en la que se disculpaba, no por no quererme, sino por no sentir que la quiero. Con la existencia drenada de mi ser, destruí la puerta y construí pared sobre ella.
Con la cuerda hice el nudo para colgarme.
La puse especificamente para ver la balsa de la medusa y ver si por fin logro verme en ella.
La soledad no es circunstancial.
La soledad debería de contribuir a que yo sea un mejor hombre.
La soledad me permite escribir pendejadas como esta.
Esta habitación sigue sin espejos. En esta vida sólo logré reflejarme en el azul y en mis pinturas. Ganas de hundirme o ganas de destruir.
Listo el salto del alma por el ágil vacío, de nuevo rumbo firme a la nada.
La mente en blanco, la vista negra y el frío es azul. Estoy erguido ante el miedo.
Sin ventanas, me gusta imaginar que fue en una tarde obscura.
Me gusta imaginar que las manos que cierren mis ojos sean tranquilas. Me gusta imaginar que viniesen pocos a buscarme, que callasen al encontrarme o llorasen con sordina.
Si a los que están apunto de morir les otorgan lo que quieran, que me esperen a morir porque sólo así sabré que a esta vida quise ser amado y quise amar.


– Rafael Rashid