Compañero de repisa

Compañero de repisa

Encontrar un libro, un nuevo mejor amigo. Comprar un libro porque, descansando sobre una pila de la misma editorial, bajo el cartel de novedades o en descuento, estiró sus brazos cuando lo miraste. Elegir aquel libro porque parecía ser exactamente el peso que querías estar levantando en tu mano, con la forma adecuada, porque bien pudiese pesar lo mismo el par de plátanos que tenías que comprar para comer al día siguiente. Comprar un libro para que acompañe al resto, para que haga nuevos amigos, para que descanse entre las clasificaciones que solo tú conoces del librero.

“Lo tengo, te lo puedo prestar”, dice, torciéndose sobre la silla y mirando atrás, a revisar su repisa. “Ahí está, en la sección de rock”, ríe.

Se puede conocer el corazón de alguien en la actitud que tiene frente a su libro favorito. Como ahora, cuando extraño mi edición de las mismas memorias de Patti Smith, Just Kids, que aquí descansa sobre Girls Like Us de Sheila Weller y How Music Works de David Byrne en la sala. La suya, entre la sección “Música/rock”, junto a “Espiritualidad” y “Clásicos”, que tiene en medio colado una lección de un maestro de Cambridge sobre si llegaremos a otros planetas.

“Te lo presto si me lo cuidas–"

“¡Muchísimo! Lo juro”.

“Pero te vas a ir ahora por meses, señorita”

“¡No! Me voy de viaje primero y luego vuelvo por una semana y despueeés sí me voy”

“Vale, entonces sí”

Se puede saber que tiene un corazón gentil, cuando su primer ímpetu al hablar del título es compartirlo. Cuando lo descubrí, andaba mirando la tienda de un museo, jugando con todas las chucherías de diseño que decididamente no necesitas pero disfrutas sostener un minuto, y si su magia no se extingue en ese tiempo, quizá te lo lleves a extenderla. En la caja es donde más las hallas, así que como buena ex-coleccionista frustrada de pelotas saltarinas (siempre salieron volando a cualquier parte y, bueno, nunca pude formar una colección extensa), me acerqué a las gomas diseñosas y marcadores de libros, para ver unas pequeñas manitos estirándose en mi dirección.

También fábrica de mi mente, claro, como el mismo misterio que elegimos contener de las chucherías de aquellas tiendas. Y cedí. Juzgué el libro por su portada en la forma más literal y cliché de describirlo. Se veía beatnik como la postura de mi alma. Y, aunque en aquel viaje limitamos nuestro presupuesto de ese día a dos museos porque no podíamos costear tres –e ahí el porqué de la examinación extensa de su tienda–, lo compré.

Lo he prestado un par de veces a personas muy contadas. Ahora se encuentra en una repisa ajena, haciéndole compañía al interesado –interesado, lo llamo, cuando más bien le lancé el libro para que lo leyese–. Si pudiese, eso sí, se lo regalaría a todo el mundo; si pudiese. Pero la edición es tan bonita que su precio es directamente proporcional a su calidad de diseño. Además en inglés. Importado. Los obstáculos del amor contemporáneo.

Pero el de uno. El propio, el favorito, la biblia personal. Ese mismo, edición suya, decide compartir. Como conocer a alguien nuevo y quererle presentar a tu mejor amigo, tal cual, con ese cariño, con esa gentileza de corazón.

Extraño mi biblia personal, mi guía de consulta y oráculo. Tanto extraño a quien acompaña ahora, a quien resguarda, a quien se lo deslicé como brújula y talismán como él ya conforma parte de la mía interna. Su compañero de repisa.

Amanda González Alarcón

Amanda González Alarcón

Chilena paltera, 23 años. Instagram: @amandinalaandina.