Cómo ordenar tu habitación en 8 años o más

ColaboracionesNo ficción

Cómo ordenar tu habitación en 8 años o más

Dicen que para ordenar tu vida primero tienes que ordenar tu habitación: hacer la cama, sacudir, barrer y trapear. Hay que sacar todo lo que no ha funcionado hasta ahora y decirle adiós a los objetos que ya no tienen más valor que el recuerdo. Tirar cosas no es difícil, lo difícil es dejar ir las ideas que se aferran a los muebles y te regresan al mismo desorden.

Llevo más de 8 años intentando arreglar mi habitación. Comencé como todos: porque mi mamá me mandó a hacerlo. El problema es que mi mamá no me enseñó a ser ordenada, no porque no quisiera sino porque a ella tampoco le enseñaron. Soy una hija bastante obediente así que he seguido consciente o inconscientemente la orden desde entonces.

Recuerdo bien el sentimiento de estar rodeada de estos objetos que me impedían crecer sin saber que eso es lo que hacían. Mi mesa de noche siempre estaba llena de libros a medio leer, más y más cada vez. En mi casa no se lee mucho, así que tampoco sabía cómo cuidar de mis libros o cómo organizar mis hábitos de lectura...pero yo leía. Mi ropero estaba lleno de ropa que ya no me quedaba porque había subido de peso o que había dejado de usar porque estaba rota. Al fondo había una caja con ropa todavía más vieja que no usaba desde niña. La guardaba porque a mis papás no les agradaba que les dijera que ya no podía usarla, algunas de esas prendas estaban nuevas. Creo que sobra decir que me veía como me sentía: desganada.

Cuando nos mudamos a esta casa elegí esta habitación porque le entraba mucha luz pero con todas las cosas que tenía (en algún punto llegué a tener un telescopio que jamás usé) no podía verme claramente. Mis paredes estaban desnudas al inicio porque no sé cómo es que la gente elige fotos y pinturas para colgar en la pared. A mí las cosas me las asignaron o las colgué porque no había donde ponerlas. Mi cuarto quedó funcional pero ciertamente no habitable.

El 5 de Agosto del 2012 escribí en mi diario:

“La fotografía de al lado muestra la apariencia de mi recamara hace un año, más o menos. No recordaba haberla tomado pero ha servido para darme cuenta de que mi habitación ha cambiado conforme yo he cambiado.”

La segunda vez que intenté “cambiar”, lo hice porque había renunciado a graduarme de la primera licenciatura que elegí. Estaba en un momento de crisis y no podía soportar encontrarme a cada paso con objetos que me recordaban las decisiones que me habían llevado a estar en donde estaba. Quería comenzar en una página en blanco, borrón y cuenta nueva. Inicié con furia, vaciando todo, revolviéndolo para destruir lo que me hacía yo. Como si solo rasgando papel pudiera romper todos los miedos y ataduras a los que me aferraba; para un trabajo así se necesita un poco de magia.

Pasé meses entre cajas y bolsas, durmiendo a veces en la sala porque no había espacio en mi cama. Cada dos o tres días mi papá se asomaba a mi habitación para preguntarme si ya había terminado. “¿Qué vas a hacer?”, me preguntaba con algo de desesperación. Ya ni siquiera me molestaba en contestarle porque primero tenía que arreglar mi habitación y no tenía una visión clara de cómo se vería eso. Además, cada vez que me enfrentaba a un objeto salía bastante herida. Cualquier cosa que tocaba era como activar una máquina del tiempo que me hacía vivir el pasado en el presente. Fotos, un llavero, una carta y boletos del metro de Nueva York me transportaban a otra realidad y me quedaba horas sentada en el suelo, con la mirada perdida, recordando.

No recomiendo esto a nadie porque pasar tiempo en el pasado te impide vivir. Así lo descubrí cuando transcurrieron dos años más y una caja que había dejado “para el fin de semana” estaba en el mismo lugar. Me entró un sentimiento de desesperación pues el ordenar mi habitación ya se había vuelto un tema recurrente en mis pláticas. “Adivino, estás recogiendo tu cuarto” me dijo un amigo al hablarme por teléfono y sí, eso hacía...pero no realmente.

Fue entonces que Cristina me presentó a Marie Kondo y leí su libro con algo de escepticismo. ¿Qué podría decirme un libro sobre mi problema existencial? Déjenme aclararles que para este momento ya no leía tanto y se me había olvidado que los libros enseñan. Lo leí y entonces sí, cambié mucho. Aprendí a darle las gracias a las cosas y a dejarlas ir. Aprendí la satisfacción de doblar ropa con seguridad y por amor. Aprendí a hacer un hogar para mí. Bueno, eso no me lo enseñó Marie Kondo pero fue a partir de esto que admití que quería espacio para existir más allá de todas estas cosas que cargaba.

Hoy, casi todo está en orden: ropa, libros, papeles, electrónicos y lápices. Dejé lo más difícil para el final (como lo recomienda Marie): los objetos emocionales. Están en una caja en mi armario y me observa todos los días. Últimamente he tenido ganas de abrirla para tener por fin espacio para nuevas pasiones y amores. Lo haré este fin de semana.

Por Carolina Grimaldi Vargas