Colaboración: Vide (por una mirada)

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Colaboración: Vide (por una mirada)

As he is about to clasp her he feels a stunning blow upon the back of the neck; a blinding white light blazes all about him with a sound like the shock of a cannon--then all is darkness and silence!

Ambrose Bierce


Desde antes de sentarse en el lugar de siempre, Julio la había visto, sin obtener una correspondencia de mirada. Ocupó su acostumbrado asiento y ordenó lo de siempre: un expreso doble cortado. Sacó el libro en turno, La muerte de Iván Ilich de Tolstoi.  Comenzó su lectura, pero después de haber leído cuatro líneas se dio cuenta de que no sabía qué acababa de leer, su concentración se encontraba en alguna otra parte, en la miseria que le esperaba en las siguientes horas, o tal vez en la imagen de la mujer que estaba sentada justo al otro lado del café, viendo en su dirección. Llegó el expreso y Julio intercambió un par de palabras fútiles con el mesero. Sabía que el café no podía hacerle bien, ya que conocía su estado de alteración cotidiano, totalmente necesario para desempeñar todas las tareas que eran requeridas en la planta donde trabajaba. 

El café se le fue en conatos fallidos de lograr la lectura. Se percató de que no podía quedarse mucho más tiempo, ya que entraba a trabajar a las 8:30. Miró su reloj: 8:02 con cuarenta y tres segundos. Hacía aproximadamente 26 minutos con 8 segundos del café al trabajo.

Entonces, como si se hubiera olvidado de la presencia de la hermosa mujer que se encontraba en la otra esquina, volteó a ver en su dirección desinteresadamente. Sin embargo, esta vez ella lo estaba viendo con una de esas miradas dulces que saben a piano y a lluvia. Julio quedó perplejo y devolvió la mirada con un ímpetu casi ajeno, con total desconocimiento de lo que sus ojos estarían transmitiendo. No supo cuánto duró aquella mirada que sin duda cambió su estado de ánimo, además de lo que implicó en aquel día. 

Como olvidando que necesitaría pagar la cuenta e irse en ese instante si es que quería llegar al trabajo y como movido por una fuerza desconocida, se plantó frente a la mesa de su interlocutora de miradas. Cuando estuvo parado frente a ella y ella lo volteó a ver con una mirada retadora y tierna, le pareció no haber cruzado el restaurante, le pareció simplemente haber llegado ahí, sin previo aviso ni meditación. Este detalle le pareció extraño, ya que se conocía, y tenía más que concebida su cualidad infalible de nunca hacer algo sin un previo análisis meticuloso de las posibles consecuencias. En fin, ahí estaba parado del otro lado de la mesa de la mujer cuya mirada exigía alguna palabra.

-Me llamo Julio y necesito saber tu nombre.

-Martina.

Se quedaron viendo, él con cierto aire de incomodidad, y ella con la sonrisa desafiante y tierna. Antes de que Julio pudiera decir algo más, Martina añadió:

-Me encantan las Pinturas negras de Goya.

A lo que Julio respondió con una mirada meditabunda:

-Me encanta el contraste entre el movimiento urbano y la pasividad de los árboles. Los transeúntes parecen trenes descarrilados y los árboles poseedores de algún secreto sencillo y arcano.

-Siempre pido un doble expreso cortado cuando voy por un café en la mañana.

En este momento, lo esperado era que Julio, sorprendido, dijera que él pedía lo mismo. Sin embargo, pareció no darse cuenta, simplemente se atisbaron, él seguía parado al otro lado de la mesa, fascinado con la mujer que cuya sonrisa ya no tenía nada de desafiante.

Sin saber cómo, terminaron recorriendo absortos las aceras de la ciudad, platicando, riendo, compartiendo silencios dulces como los que en las noches compartían con la luna. Se contaron los detalles de sus vidas y, en el momento en que Julio se dio cuenta de que era demasiado tarde para llegar al trabajo y que corría el riesgo de ser despedido, se impresionó de que no le importara. Martina no tenía problema, ya que sus ingresos provenían de intermitentes galerías de arte en las que presentaba sus pinturas. No era famosa ni reconocida, pero era sumamente talentosa y de relativo prestigio en el círculo artístico. Todo se dio anacrónicamente. Caminaron toda la ciudad, la recorrieron como recorrerían sus cuerpos después. Ella lo invitó a su taller, donde le mostró las obras en las que estaba trabajando y que expondría próximamente. En aquel lugar había un piano viejo y desafinado, y a Martina le sorprendió que pudiera emitir sonidos tan sublimes como los que pulularon en el taller acariciando sus cuadros y su cuerpo cuando Julio se sentó al piano a tocar una de sus modestas composiciones. Ella se acercó sigilosamente y comenzó a acariciarlo, mientras el piano pintaba paisajes en los lienzo deshabitados. El tiempo no transcurría, afuera de aquel lugar el ocaso podría estar cumpliendo con su ritual cotidiano, la noche podría estar acariciando la ciudad con sus manos de sombra, el alba podría estar dibujando frívolas promesas en las ventanas, el sol de mediodía podría estar untando de miel a los peatones, la siesta podía estar envenenando a los de estómago lleno. No importaba, todo era ajeno al taller donde Martina y Julio se confesaban sus ramajes y donde había colisiones de estrellas o de almendras.

En ese momento Julio apartó la vista, dejó un billete de cincuenta sobre la mesa, consultó su reloj, 8:02 con cuarenta y nueve segundos, se levantó, se despidió del mesero y se dirigió a la esquina para tomar el transporte que lo llevaría a la planta. 

Alonso Catalán

La foto pertenece a mangano bigaku/漫画の美学