La pequeña llave

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La pequeña llave

Vi la pelota en mis manos y opté por correr. Todavía recuerdo cómo todo a mi alrededor parecía desarrollarse en cámara lenta mientras mis compañeras de equipo me miraban con ojos abiertos esperando a que entrara en acción. Tres semanas de entrenamiento habían sido suficiente para que por lo menos recordara que debía botar el balón mientras me movía. Corrí. En mi cabeza se sucedían escenas de películas de relojes marcando los últimos segundos, héroes lanzando el último tiro, balones botando en el aro antes de entrar en la canasta y porras volviéndose locas antes de correr a abrazar al campeón.

La vi y cerré los ojos.

El choque con una niña-toro de casi el doble de alto y el triple de ancho que yo durante mi primer partido llevó a la inmediata realización de que odiaba el basquetbol.

A diferencia de otras partes del cuerpo más evidentemente funcionales, la clavícula no era algo que conociera antes del incidente. Sin embargo, el ruido que se produjo únicamente para mis oídos—algo similar a una rama cediendo al peso de una pisada en el bosque—fue un claro augurio de que no podría continuar en la ignorancia durante mucho tiempo.

Habiendo sido una niña huesuda (no es coincidencia que todos los entrenadores que he tenido adoptaran rápidamente el apodo de “Flaca” para llamar mi atención desde la banca o el otro lado de la red durante los partidos), podría parecer extraño que nunca me hubieran llamado la atención los dos huesos que sobresalen, como dos S alargadas, a ambos lados de mi cuello. Pero lo cierto es que a los once años y durante muy poco tiempo más, aún no había desarrollado la mirada escudriñante de toda niña adolescente que escanea con vergüenza su cuerpo buscando defectos sobre los cuales obsesionarse.

Después del silencio desorientador que sólo la víctima parece notar cuando se produce un accidente, generalmente acompañado de caras extrañadas que mirandesde arriba acomodadas en círculo (siempre es en círculo), descubrí antes de saber su nombre la función del anónimo hueso. Todos los presentes ese día siguen recordándome con sonrisa forzada y una ceja juzgona los gritos que al parecer les parecieron exagerados para alguien que siente como su brazo cuelga incontrolable a su lado izquierdo, echado un poco para atrás ahora que su hombro parece no estar conectado a lo que fuera que lo mantenía en su lugar.

Es cierto que tengo un umbral del dolor característicamente bajo, pero todavía creo que mi reacción fue justificada para alguien que está siendo transportado en una silla de ruedas improvisada al hospital de a lado por una calle insultantemente mal pavimentada.

La bola que quedó como recordatorio del accidente pasó rápidamente a convertirse en un trofeo de guerra más, otro punto en la lista de fracturas, esguinces y torceduras que recitaba orgullosamente cada vez que alguien llegaba con yeso o muletas a presumir su trágica historia.

Crecí rodeada de hombres, por lo que desde chica me había sentido obligada a obtener la aprobación del género opuesto por medio de mis habilidades deportivas. Escuchar a algún niño decir “no seas nena” me metió en problemas más de una vez y recibir el estúpido insulto del patio escolar “…como niña” me provocaba un miedo indescriptible.

Correr rápido era mi super poder. En las clínicas de tenis, me empeñaba en ganar la carrera que determinaba quién jugaría contra quién, aunque significara que siempre terminaba en una cancha con niños mucho más grandes que yo y sin poder pegarle a una sola bola. Fue probablemente también ese miedo a ser lo que los niños denominaban despectivamente “niña” lo que inspiró mi odio por las Barbies, los moños y el color rosa.

Irónico, ¿no?, que sea justo la forma de la clavícula uno de los criterios que se utilizan en la antropología forense para la determinación del género. La “pequeña llave” (según el origen etimológico de la palabra) proporciona un sexo y una edad estimada de acuerdo al largo, la densidad, granulosidad o algún otro parámetro medible que ayuda a los científicos a identificar y clasificar los restos humanos.

Y si es la llave del cuerpo, ¿por qué se encuentra en un lugar tan vulnerable? La clavícula es la fractura más común entre los niños. Se encuentra casi totalmente expuesta, protegida solamente por una fina capa de piel. Este hueso es lo único quefija el brazo al cuerpo, permitiéndole así un mayor grado de movimiento; pero si la clavícula se rompe, la región entera del hombro colapsa.

Quizás sea en esta fragilidad en lo que reside su belleza. En la Iglesia de la Inmaculada Concepción en Roma aún pueden verse flores formadas por clavículas que los monjes colocaron en los pasillos de las catacumbas. Los adornos de los arcos que marcan el camino hasta la Cripta de la Resurrección recuerdan a una versión tétrica del jardín de Perséfone. ¿Qué vieron los Capuchinos en la clavícula que logró trascender la asociación de los huesos con la muerte y transformarse en un símbolo de vida?

La clavícula mantiene aún esta cualidad extraña que nos hace romantizarla. Más allá de un simple fragmento de nuestro cuerpo, ha pasado a ser una medida de belleza. Su apariencia delicada y elegante es tan codiciada que se ha convertido incluso en un hashtag al pie de una foto en Instagram que muestra a una adolescente china presumiendo la cantidad de monedas que caben en el hueco entre su cuello y su hombro.

Nunca he entendido por qué las mujeres se empeñan en matarse de hambre para sentirse bonitas. Probablemente sea porque mis huesos salidos siempre estuvieron ahí por cuenta propia, sin que yo pudiera llevarme el mérito. Aunque tengo que admitir que agradezco a mi cuerpo la capacidad de comer todo lo que quiero sin engordar, ser flaca también se presta para la falta de autoestima y los comentarios hirientes de los que se cree que estamos exentas las personas con mi complexión física.

Cuando cumplí seis años mi abuela me regaló un libro. El regalo me hizo tanta gracia que terminó por ser olvidado en una repisa después de descubrir que no tenía dibujos adentro. Años más tarde, en un taller de sexualidad en la escuela, que por alguna razón trataba sobre adicciones y desórdenes alimenticios, reconocí por el título o la portada el libro que me habían regalado.

A nadie que conozca a mi abuela le parecería particularmente sorprendente que decidiera regalarle a su nieta de primero de primaria un libro sobre una niña que termina agonizando en un hospital psiquiátrico por anorexia. Para ella probablemente era la reacción natural a mi falta de aprecio por su pavo orgánico y sus chícharos cultivados en casa creer que sufría de un trastorno psicológico grave.

Desgraciadamente, para el momento del descubrimiento, ya había aprendido a odiar las costillas que sobresalían cada vez que me ponía un bikini, y las miradas de los demás solo reafirmaban mis inseguridades, por lo que la excentricidad de mi abuela me hizo menos gracia que de costumbre.

Parecería ser que gran parte de pertenecer al género femenino cuando tienes doce años es sentirte avergonzada de ti misma. Probablemente fue el peor momento para decidir reconciliarme con mi sexo y acoplarme a sus reglas, pero estudiando en una escuela donde no había más que niñas, no me quedaron muchas alternativas.

Mi trofeo de guerra pasó a convertirse en un secreto más que esconder, y un encuentro con mi prima sólo ayudó a reforzar esta idea. Durante un viaje a Acapulco, estaba sentada con ella en el borde de la alberca cuando me incliné hacia adelante para decirle algo. Al encorvarme, se sintió tan atacada por mi clavícula sobresaliente que estuvo a punto de caerse a la alberca con tal de esquivarla. Su “¡Qué asco Alejandra, tápate!” terminó de convencerme de que mis huesos debían permanecer ocultos de las miradas ajenas por mi bien y por el suyo.

La clavícula es la única que sobrevivió al famoso embarnecimiento pronosticado por mi madre. Sigue sobresaliendo orgullosa al lado izquierdo de mi cuello, mientras que los demás huesos pasaron por fin a integrarse al resto de mi cuerpo. A decir verdad, la izquierda no es mucho más notoria que la derecha, pero si echo los hombros ligeramente hacia adelante mientras hablo con ella, todavía logro provocar la mueca de asco de mi prima.

Siguen sin gustarme las Barbies, los moños y el color rosa, pero he aprendido que “niña” como lo entendía de pequeña tiene muy poco que ver con mi género. La bola que ahora marca el punto donde mis huesos volvieron a unirse quedó como una cicatriz permanente de un duelo conmigo misma y con los demás. Es un recordatorio del rechazo infantil a ser aquello que tanta aversión generaba en mis compañeros y del terror adolescente a no poder ajustarme perfectamente al molde.

Más recientemente, ha vuelto a convertirse en un trofeo de guerra. Conmemora, orgullosa, el seguir con vida dentro de la batalla que implica ser mujer y negarse a ser definida por los ojos del otro.


– Alejandra Malvido Prada.