Chena

Una fina capa de pelos albinos cubría las varices hinchadas de María Cartagena, sus muslos se sostenían gracias a dos rodillas responsables del peso del cuerpo acuchillado por la jornada que retenía la memoria en la piel delgada encargada de envolver los dedos de sus pies como delicados saquitos de seda o bolsitas de arpillera gastada guardando recuerdos de bautismo humilde, capaces aún de aguantar la postura incómoda de los devotos.

En la calle se cocinaba un olor a pan quemado que, coqueto y sin el permiso de las mujeres, se colaba dentro de las casas haciendo chillar de hambre a los niños moquillentos. Este olor haría pensar más tarde a la Chena -como la llamaba su madre desde su residencia en el vientre- en los primeros días de enero que pasaban en Linares, cuando su abuelo, fiel creyente de milagros santos, sacaba el pino sin adornos por los ventanales de la galería y al centro de un cuadrado de tierra húmeda le prendía fuego. “Esta es la pascua de los negros” le informaba cada año su tía Magali con los ojos llenos de lágrimas, pareciendo ver en las llamas el regreso del cordero perdido.

Con el estómago todavía ignorante a las migas, María Cartagena se encontraba hincada a orillas de la ducha despojada de la privacidad dada por la cortina de baño, ese pedazo de plástico alimento de hongos negros comprimido ahora en un rincón intruso, desenroscando la tapa de una botella de agua ardiente que los ojos de la niña desnuda, sentada con las piernas estiradas sobre el suelo tibio escrutaba con tierna curiosidad. La pequeña chiquilla golpeaba el piso con la intimidad de sus palmas diminutas lanzando gotitas de agua cochina al delantal de su madre.

-Dora- llamó la Chena, pero la niña seguía haciendo salpicar el sebo que desprendía su cuerpo, mezcla de tierra, agua y jabón mediante un baile de sirenilla guacha estancada en la arena. - ¡Dorita no te movai tanto te estoy diciendo! -.

Un chorro de licor cayó sobre la frente infantil provocando un llanto bruto.

  • ¡Dora por la miercale! A pesar de que esta exclamación había sido un reto la voz de la Chena sonó exquisita al oído humano, era un canto prolongado que poseía el ritmo sustancial de todas las cosas y a la Dora solo le daban ganas de seguir danzando con esas trovas que eran exclusivamente para ella, ella era la única que había sido nombrada por la armonía de una cantora.

-Eso, eso, echa la cabecita pa trás-.

El agua ardiente escurría por el pelo claro de la Dorita transformándolo en un cementerio enano con procesos de exhumación, con la ayuda de una peineta incompleta su cuero cabelludo iba expulsando esos bichos que vistos desde lejos podían parecer inocentes semillas negras, pero los piojos eran inquilinos molestos que dejaban expuesta a María Cartagena frente a las señoras que la contrataban para los cánticos ceremoniales. Un piojo en la cabeza de su hija podía significar una catástrofe. Ser piojenta era equivalente a perder los dientes, el compromiso inútil con la subsistencia, empeñar de a poco hasta la última muela.
Dora no sabría nunca por qué en Linares se quemaban los árboles de navidad, sus cuatro críos no entenderían jamás el desvío del cordero, la plata para los dientes te la devolverán mañana.

Por María José Aravena