Cartografía de la lágrima

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Cartografía de la lágrima

  • El otro día estreché las manos al sol mientras cerraba los ojos. Me daba la sensación de que la luz espaciada, dispersa en cada tramo de piel, se asentaba y me recogía. Como el viento recoge un aroma y lo traduce en cuerpo, la luz trastoca el mío, y en mis palmas disueltas, entreabierto se asoma un sueño, un río, una presencia dulce, una mano desdibujándose cauta sobre la mía.

(Te siento. Te siento en mis palmas, pero soy incapaz de tocarte.)

  • A veces tengo dolores en el cuerpo. Creo que de a ratos olvido que existo o existo porque olvido. No lo sé. Hay huellas en mi silencio.

  • Mapa: últimamente lloro mucho, tanto que llorar ya es cotidiano. Me gusta llorar, siento que mis lágrimas invocan en mi piel un paisaje y en ese paisaje una cartografía. Hace algunos días lloré tan fuerte, tan sórdidamente que por un momento creí que mi pecho acalambrado se hacía risco y que yo descendía. Desciendo en mí misma, porque soy mi llanto y soy mi caída.

  • Me gusta mucho ver a mi papá ver a los demás. Siento que él se encuentra en otros y que yo me encuentro en él. Lo miro ahora; sonríe a medias y pensativo se acaricia la ceja. Pienso en su ausencia, en su toque disperso y el lugar en mi cuerpo, la lágrima exacta que dejó impresa su partida y con ella la mía. Recuerdo su silueta, la inflorescencia de nuestras voces abriendo espigas en nuestro inexistente verso. Germinación. Lo recuerdo a él cuando era niña: me miraba sin mirarme, pero ahora me mira. Me mira en mí.

Te extrañé tanto.
Mírame, no te vayas de nuevo.

  • El otro día te lloré. Te lloré porque no te encontraba en tu cuerpo y mi llanto te encontró en el mío.

Esbozada como un pétalo, tan tímida, tan cerca. Desdoblada en los márgenes de mi quietud, como un lucero inmarcesible o el aleteo suave de una tecla replicando tu brillo sobre mi blancura, sobre mi desnudez.

No te abandones nunca. Tú existes aquí,
en mi llanto y en tu cuerpo.

  • Pienso mucho en el mar. Creo que todos los días lo escucho. Mis manos suenan a mar y cuando las pongo cerca de mis oídos, escucho el murmullo lejano de la espuma, del aire que flota y reverbera desde otro tiempo y otro lugar, tan distante y familiar y ligero.

Mis manos son caracoles de mar, en ellas se oculta el eco de la sal y dormita la arena. Cuando te toco me recuerdo, regreso.

  • Mi abuela me enseñó a no desaparecer cuando yo ya no me encuentro. Pienso mucho en la muerte. Pero eso no es malo, es parte de estar vivo.

  • ¿Me encuentro?

Alejandra Ríos

Alejandra Ríos

Colecciono sonidos.