Carta a mi abusador

Me invitaste a tu casa y acepté, pero como entendía el espíritu de la propuesta te aclaré que no quería tirar. Me dijiste que no me preocupara, que no era eso. Y fui. Éramos amigos, hablábamos de feminismo y poesía, ¿qué podía salir mal?

Fui. Conversamos, reímos, comimos. Era de madrugada y te pregunté si me podía quedar a dormir, aceptaste y me desvestí. En ropa interior me metí al extremo opuesto de la cama, para no tocarte porque no quería tocarte, solo quería dormir. Aun así, me seguiste hablando y me molestaste para que te diera un beso. Bah, pensé, era solo un beso.

Del beso pasó a tu mano tocando mi cuerpo sin permiso. La saqué y te dije que pararas. Te reíste porque era chistoso que me resistiera. Yo que era tan abierta, libre y honesta con mi sexualidad. Al parecer pensaste que el hecho de que me gustara el sexo, implicaba que querría tener sexo con todo el mundo. Pero no. Hace tiempo ya, que había dejado de meterme con tipos para complacerlos a ellos y empecé a preocuparme de lo que realmente quería yo.

Esa noche no quería nada contigo. Me giré hacia la ventana, eran las 6 de la mañana y me dormí unos minutos. Desperté contigo desnudo sobre mi espalda, mordiéndome la oreja y sujetando mi cabeza contra la almohada. Sacudí mi cuerpo para que te bajaras, pero no lo hiciste, te grité que me soltaras, pero no lo hiciste, solo seguiste intentando penetrarme apoyando el peso de tu cuerpo sobre mis hombros para que dejara de moverme. En un momento me callé y lloré, pensando en que nadie me creería cuando les contara y que solo me juzgarían.

Seguí llorando en silencio y dejé de resistirme, porque prefería ser violada a ser asesinada. No sabía qué podía pasar, qué otra cosa eras capaz de hacerme. Cuando ya llevabas harto rato refregándote contra mi cuerpo, se me ocurrió decirte que tenía una ets por si eso te desmotivaba a violarme. Pero te pareció que era mentira y lograste correrme el calzón para poder penetrarme. Con una fuerza impropia grité, lloré y te pateé, hasta que decidiste moverte. Solo te reíste y te echaste a dormir. Vencí, pensé, pero todavía no lograba salir de ahí. Me vestí rápido y con cuidado, con miedo de todo. Te despertaste y el corazón se me apretó del terror que te tenía. Actúa normal, me dije a mí misma, como forma de protección. Te dije que me pidieras un uber porque no me podía dormir y lo hiciste sin pensarlo mucho. De hecho, me acompañaste hasta el auto y me escribiste un rato después cuando ya había llegado a mi casa.

Me metí a la ducha caliente, tratando de lavarme tu olor horrible, tratando de lavarme el asco y el miedo, pero solo se me fue el olor. Intenté vomitar y no pude, aunque tenía tantas, pero tantas nauseas. Tomé la ropa que había dejado botada en el baño y la puse en el basurero, no la quería volver a ver jamás. Me acosté tratando de olvidarme de todo, no pasó nada, me repetía una y otra vez, no pasó nada, no pasó nada, no pasó nada malo. Respondí a tu mensaje con un lopasébien automático. Para protegerme nuevamente, no quería que pensaras que había algo malo. Tenía miedo.

De tantos nopasónada que me repetí, empecé a pensar que eran verdad. Pero dejé de ir a la universidad por miedo a encontrarme contigo, dejé de almorzar con mis amigos por miedo a que estuvieras en el casino, dejé de tener sexo por miedo a que me volvieran a hacer lo que me hiciste tú. Y me di cuenta que esos nopasónada eran mentira. No lo hablé en meses con nadie, intentando mantener la ficción en mi cabeza. Hablarlo significaba enfrentarlo y no era capaz.

Me empezó a gustar un niño y lo invité a mi casa, ya me sentía bien. Estaba feliz porque íbamos a tirar y tenía muchas ganas de hacerlo, nos besamos harto rato y cuando ya tocaba desvestirnos, me paré y fui al baño a sacarme la ropa. ¿Por qué estaba haciendo eso? Tenía vergüenza, infinita vergüenza de que me vieran desnuda y odiaba mi cuerpo, quería esconderlo. Hace años que había dejado de sentirme así, estaba orgullosa de mi cuerpo, de quererme, de sentirme bien conmigo misma, pero ya no, me quitaste eso también.

Muchas mañanas cuando sonaba el despertador, me quedaba mirando el techo, pensando en las muchas cosas malas que quería que te pasaran. Que te atropellaran, que te calleras por las escaleras, que te envenenaras, que te echaras el grado, que te llegara una bala perdida. Pensaba todo eso porque sabía que no había nada que yo pudiera hacer, sabía que denunciar solo me iba a traer frustración y malos recuerdos, porque entendía bien cómo funcionan los procesos, los procesos no están con las víctimas, mucho menos si tu única prueba es tu propio testimonio. ¿Quién me iba a creer? Y seguí con mis nopasónada.

Un día por casualidad, me fueron a pedir ayuda y me enteré que no era la primera persona a la que le habías hecho daño, sino que eran muchas niñas más y que iban a ser muchísimas más a menos de que me animara a hacer algo. Abandoné mis nopasónada y hablé.

Hablarlo fue liberador. A veces pensaba que ya estaba mejor, pero te veía a lo lejos y corría a donde pudiera esconderme. Me daba rabia que controlaras así mi vida. Y sigo pensando que estoy mejor, que voy a dejar de arrancar cuando aparezcas, pero escucho sobre ti y lloro con una pena infinita, que digo que ya se me va a pasar, pero no se me pasa. Pareciera que cargo con la pena y rabia de todas a las que has dañado.

Pero la rabia la transformo en lucha, día a día, me cuesta, algunos días más que otros en verdad. No es la primera vez que soy víctima de algo, porque las mujeres somos víctimas de un sistema injusto y cruel desde que nacemos. Pero no quiero quedarme siendo víctima, porque soy mucho más que eso.

¿Sabes qué? Vas a caer, junto a todos los machos que nos han arrebatado las ganas de vivir, que nos han dañado una y otra vez, que se han jurado dueños del mundo, de nuestras vidas y de nuestros cuerpos. Todos van a caer.

Y a mis compañeras quiero decirles que no se queden calladas ante la injusticia, que tenemos voz para gritar millones de años más, que si sigo creyendo en que algo se puede hacer es por ustedes, que cuando pierdan un poquito la esperanza, no se preocupen, porque yo la mantendré por cada una. Porque nosotras somos el fin del patriarcado y vamos a acabar con toda esta mierda.


June García.
Autora de "Tan linda y tan solita" junto con Josefa Araos, lee su entrevista.