Camelias

Era invierno, lo sé por la luz, no por el frío ni por el vaho que se exhumaba de mis labios. Era invierno porque dentro de mí regresaba una sensación familiar, florecía algo que, aunque era incapaz de reconocer, resentía en cada fragmento de fragilidad, en el filo de cada pétalo caído. Era invierno porque brotaba de mi sombra un halo, un destello que se asentaba de repente en los lugares más íntimos. Siento frío, pero en mis manos una flor, niebla que remoja la piel, nube gélida que despierta en las heridas y se desenvuelve en los lunares: galaxia. Recuerdo el sentimiento, estaba sentada en la cama y miraba por la ventana como si yo estuviera hecha del mismo cristal, del mismo grosor que la arena, de la misma materia que la infinidad; cristal pulverizado que se entierra lento en la comisura del aire.

Me encontraba en casa de mi abuela, atardecía, nevaba ahí dentro porque habíamos olvidado cómo hablar, sólo el eco que se incrustaba como la arena en el espacio, se estiraba. El eco de una voz que regresa, se despliega en la boca. Sed, luz que entumece. Mi cuerpo como la herencia del extravío. Me encantaba estar ahí, perdida, porque sentía que el tiempo se detenía, o más bien que yo retornaba a algo. Quizá era yo la que se detenía, no lo sé. Miraba por la ventana y sentía de pronto como si los segundos se dislocaran, como si mi existencia se derramara en la apertura de un instante eterno. Paradoja inmarcesible que remoja mis párpados entrecerrados. Escucho de pronto la memoria, la cama, las sábanas, el sueño de seda deslizándose con ahínco por mi rostro como ese pétalo adormecido que de pronto despierta. Escucho la voz de mi papá, habla con claridad, y mientras sus palabras se deslavan por el acantilado de mi piel, encuentro que hay polvo en todos lados: lunas. Mudez.

Observo la quietud, la calma, saboreo el sentimiento, es peculiar. Me levanto, la plenitud es singular. ¿Qué hay más allá? Quizá una frontera que aún no he podido atravesar. Aquí adentro nieva, pero allá afuera, ¿qué?

Era invierno porque regresaba a mí misma, porque camelias de pronto brotaban de mis manos en medio del cristal, en medio de mi palidez. Podía sentir el tallo abriendo paso en mis adentros, palpitando con fuerza. La casa nos habitaba. Las voces, el sudor. Éramos cuerpo y caíamos como la nieve, regresábamos a reclamar lo que había sido nuestro, nos deshacíamos en noches insomnes, en luces incomprendidas, en aromas ilegibles. Mi abuela dormía, yo la miraba, miraba por la ventana y retornaba, me despertaba poco a poco como si un sueño me hubiese consumido durante tanto tiempo. Me encantaba estar ahí porque estaba lleno de luz. En todas las ventanas, en todos los recuerdos. Florecíamos como lo hacemos ahora, en el mismo lugar, hechos de la misma fragilidad. Sobresalíamos de la misma grieta inacabada, de las mismas raíces. Observo mi reflejo, se escurre. Escucho la voz de mi papá resonando por la habitación “A veces creo que hay agujeros en el tiempo.” Sonrío. “Imagina que de pronto un piloto sobrevuela las pirámides de Giza y regresa al pasado sin darse cuenta alguna. Ha de ser curioso, ¿no crees? Entrar por un hueco y volver a salir sin percatarte de que mil años duermen por debajo de ti, de nosotros.”

A veces creo que tengo los mismos huecos en mi cuerpo. Me sumerjo en ellos sin darme cuenta de que es otro tiempo, otra piel, otra habitación, otro sueño. Ceguera. Éramos marea, íbamos y veníamos, cruzando fronteras, escalando tiempos que se estremecían a nuestro paso inagotable. Raíces fantasma. Era invierno porque íbamos y veníamos con los pies descalzos, porque a pesar de que el aliento de la casa era tan gélido, a pesar de que muchas cosas habían cambiado, la sensación que me provocaba era siempre la misma. Regresaba. Florecía. Mi abuela despierta y yo sigo aquí, observando por la ventana, saboreando la calma sin percatarme del todo en qué momento había germinado la flor.

Sobrevuela.

Sigue haciendo mucho frío entre nosotros, pero brotamos.

Alejandra Ríos

Alejandra Ríos

Colecciono sonidos.