Cafetando: no se trata de café

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Cafetando: no se trata de café

"No trates de ponerle palabras a todo. No seas editor".

– Alberto Fuguet, Sudor

No sé mucho de cafés. La mayoría, la verdad, no sabemos de café. No sabemos qué significa el perfil del café de especialidad de Starbucks, colgado bajo el menú usual. Y a quien va a Starbucks, generalmente no le importa. No va a buscar eso, sino lo mismo que nos entregan todas las cadenas internacionales: el mismo sabor de siempre. El mismo café malo, sin falta. Pero conocido. Sabemos lo que obtendremos (¿habrá un aromatizante olor "Subway" en cada local de sus sandwiches?). Malo, pero seguro.

Esa es la cosa inverosímil de querer cafecitos de especialidad. Nos explican la extracción, el perfil, los aromas, la planta, la mezcla, el origen, el tostado, y no sabemos lo que significa más que justo lo que promete: suena especial. Y cabe decir eso para concluir que entonces debe ser gratificante.

Es así también la jugada de Nespresso: un montón de nombres distintos que no revelan nada más que la propia ineptitud y desconocimiento de términos italianos cafeteros del consumidor. Más bien miramos la cajita y vemos el dibujo del tamaño de la taza para juzgar si queremos un café u otro, basándonos más en la cantidad que queremos tomar más que la calidad. Pero no diríamos eso. No, queremos un ristretto por su intensidad –y el shot de cafeína que intentamos alcanzar–, o un americano para aprovechar la bendita capsulita que ya podemos ver flotando a la deriva en el mar.

Gasto más en cafeterías de lo que a un columnista humilla-juventudes le gustaría. Sí me han plantado en la cabeza las posibilidades de cada café ahorrado y puesto en otro propósito, que si se ponen a pensar en grande, hasta te convencen que podrías comprarte una casa con cafetera incluida. Todos aquellos cafés, pienso, con una libreta y la taza al frente. Y no es por terca, la verdad. Sino que la tacita termina siendo tan más accesible que la casa.

Así que vamos andando de cafetería en cafetería para elegir entre dos opciones: café bueno o café malo, y aunque no sé nada de cosas especiales, termino siendo estúpidamente particular con los sabores. Y sí, ciertas cosas no las tomo ni porque sean consistentes. Hubo una época en que mi almuerzo al salir del colegio variaba solamente en el relleno del Subway. De ahí el trauma del aroma. No volvería a comer uno, ni por saber exactamente como sabría. Hay seguridades que hacen mejor dejar atrás.

Esa es la idea de esta pequeña columna: poner palabras que acompañen a aquella taza con la que nos sentamos a escribir o dibujar, de la que no sabemos más que está buena. Pero estoy convencida de que comenzamos –y continuamos– bebiendo café por más que su perfil; hay un amor de por medio, un recuerdo o un querer. Un pequeño rito que revivimos con cada taza mañanera o con la de la media tarde, cuando viene el bajón y pega el sueño, y un sorbito no calienta solo la boca o la garganta, sino también el corazón.

Y a falta de conocimientos para describir la taza de café, escribimos otra cosa. Esa es la promesa de andar Cafetando. Poner palabras a la andanza de cafetería en cafetería; con suerte, con el aliento del paso de cafeína.

Amanda González Alarcón

Amanda González Alarcón

Chilena paltera, 23 años. Instagram: @amandinalaandina.