Cabezona

Mi cabeza tiene una gran circunferencia. Los chilenos somos cachetones y cabezones, me he dado cuenta. Tengo harto de ambos, redonda como damasco.

Pero cuando digo “cabezona”, no hablo de radios ni de diámetros ni de perímetros. Hablo de esa expresión chilena adjudicada al inteligente, al que ven muy capaz o con facilidad de palabra para hacer creer que es así. Yo no tenía facilidad de palabra (al menos oral, porque con la escrita siempre me he encontrado), pero sí me decían cabezona.

No voy a mentir, ser cabezona tiene una gran importancia para mí. No me gusta sentirme incapaz ni que no entiendo, los límites intelectuales me incomodan y pueden generarme un debacle mental –y para suavizar estas nociones, les contaré que escribí “devacle” primero y luego me azoté de manera metafórica–. Y ser cabezona me ha llevado a leer textos cabezones y conocer autores cabezones y tratar temas cabezones, pero vengo a contar que las cabezas con mucho espacio pesan y hacen que uno mire al techo no más a veces. Así que vengo a hablar sobre ser otro que cabezón.

¿Y si fuera corazona? Así de tener un corazón muy grande. El tiempo me ha dado la razón, pero quisiera que me entregase más el corazón. Namás aprendí a querer abiertamente hace pocos años, pero al menos se me acabaron los dedos de una mano para contarlos (mi meta es que se me acaben ambos, y luego los de los pies y que no pueda contarlos ni con las orejas incluidas). Y se me nota lo cabezona tan fácil. Quisiera que se me notase lo corazona tanto como lo mucho que se nota cómo me sonrojo.

Amanda González Alarcón

Amanda González Alarcón

Chilena paltera, 23 años. Instagram: @amandinalaandina.