Atardece

Me he percatado de que algo extraño ocurre en las caras. Pareciera que el tiempo ahí no transcurriera, y en la suya el efecto se agudiza porque siempre que la recuerdo florece el mismo destello. Hay veces en las que encuentro disparidad entre lo que vi y lo que veo, pero me resulta fascinante pensar en todo aquello que las personas recuerdan de un rostro. Las posibilidades son infinitas; un lunar, una mueca, el rubor de la mejilla. Todos, lugares que transito en noches sin forma para despertar exhausta en el vapor del sueño. Siempre quedan resonancias, como gotas que se dispersan en la superficie de la misma piel y, sin embargo, la textura nunca es la misma.

Pareciera que en mis párpados, en veredas sin rumbo, reinvento un rostro con la punta del dedo. Inusual, aquí reinvento el suyo. En su frontera inexistente, atrapo su calma, la brisa suave, y la retengo como un sabor que se disipa pronto en mis manos. Ella era muy pálida y aunque quizá ya no lo sea, para mí su existir era y sigue siendo como el mármol.

Me gusta pensarlo así: ella estaba hecha de bruma y su cuerpo era un recinto abandonado. No le gustaba mirarse en el espejo, quizá fue porque ella tampoco era capaz de encontrar una expresión, tan sólo un sentido de familiaridad que se prolongaba entre las dos, entreabría profundidades que aún soy incapaz de comprender. Pero en su rostro siempre atardecía y aún lo veo atardecer. Ahí quedó algo eterno y si la eternidad es en aquel reflejo resquebrajado que yo enciendo y apago con mi recuerdo, ¿cuál será la cara del tiempo?

Me pregunto cómo se verá ella ahora después de cuatro años, observo la ventana y de nuevo camino descalza entre la niebla, tratando de encontrar su amanecer, pero el ocaso es lo que me queda de ella y justo así, atardeciendo sobre la sábana lisa de mi silencio, es como la quiero recordar. Ya no la veo, pero sigue siendo mi hermanita, mi pequeña pelirroja.

El todo es continuidad, pero el rostro es permanencia. Está lleno de una magia singular.

Creo que en el cuerpo siempre quedan fragmentos de otros, que se impregnan y quedan resguardados como alhajas en pequeñas cajitas o cajones.

Y aunque se abran o no, hay algo que brilla incapaz de extinguirse.

Alejandra Ríos

Alejandra Ríos

Colecciono sonidos.