Así sueno yo

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Así sueno yo

Sé combinar notas como muchos artistas saben combinar colores. Creo que sólo brotan. Mis dedos reconocen el zumbido etéreo de una tecla en cuanto roza el frío y ahí se tiñe, como el más irreconocible policromo, como si la tecla, el sonido, el color, fuera en sí una extensión de mi cuerpo. Un cuerpo anónimo que asiente, pero permanece desmemoriado ante la indócil memoria de estas manos que deshielan el fervor. Esta necesidad de tocar, de sentir, de palpar con el alma los sonidos que parecerían inasibles comienza siempre como un cosquilleo en la punta de los dedos. Otras veces comienza en mi nuca. Mi cuerpo se acostumbra a otros cuerpos, pero nunca a la música, a la melodía incesante que se evoca en mis oídos y se precipita en mis palmas entreabiertas. Nunca cesa, siempre está ahí como una pulsación, una continuación de un do a un re, como si la escala de la piel ascendiera sin comprender del todo la voz que habita. Hay momentos en los que no soy capaz de escucharme a mí misma, una mudez impertérrita se acomoda en mi tacto y quedo suspendida en algo similar al extravío. Siempre muevo mis dedos; arriba abajo, imitando el oleaje de un mar íntimo para intentar no perderme entre el gentío continuo que surca el espacio, los ecos que reverberan sobre muros y miradas. El movimiento es casi inconsciente, pero es la manera en que puedo recordarme a mí misma lo que soy aún cuando mi cuerpo en su continuo florecer se ausenta. Estoy en los demás, pero estoy en mí.

Hay ocasiones en las que muchos me preguntan por qué muevo las manos así todo el tiempo y yo nunca estoy segura de lo que responder, o me preguntan: "¿qué es lo que tocas?" No lo sé, sólo existo, existo en mi piano. Creo que nunca es una melodía en particular, toco lo que mis manos recuerdan. Esta soy yo, y en mi fragilidad soy música.

Ellos miran mis manos.
Me gusta que me miren las manos.
Me recuerda lo que soy.

El audio adjunto corresponde a una serie de emociones y pensamientos que de pronto se estiraron, se evaporaron y se condensaron de mis manos. Me gusta pensar que esa melodía peculiar tiene una estructura similar a la del libro de Rayuela, porque no importa si es escuchada a la mitad o cerca del final, o al principio, no importa cómo se lea, siempre encuentra una manera de reinventarse en su propia narrativa.

Más o menos así suena mi piel, lo recuerdo.

Alejandra Ríos

Alejandra Ríos

Colecciono sonidos.