Aquí y allá

Allá, el aire nunca es preciso. Me da la sensación de que siempre se deslavan los suspiros en el acantilado raído. Por ahí, me deslizaba yo. A cada instante que pasaba, me daba cuenta que algo más me respiraba; la caricia, el eco que florecía en el frío tan hondo, no lo sé. Allá, la tierra es finita y se distiende sobre mí como una tela que sin reclamos encubre mi aliento. Nadie sabe realmente que sólo yo conozco aquel lugar sin dueño, sin nombre. Porque ese mismo polvo crece en mis manos y a cada momento que atardece sobre mí, me percato de que sólo soy caída. El delicado vuelo que se asienta en la orilla de mi cuerpo, en la esquina más olvidada, despierta de pronto allá donde la loma más alta se deshace en cielo. Cielo enraizado en mi piel tomada, se desprende el suelo.

El otro día tomé un café con Rebeca y le dije que me sentía en otro lado, que mientras iba caminando para encontrarnos, me sentí como una extranjera en mi propio paso agrietado. Sentía como si volviera a conocer las mismas huellas que alguna vez había soltado mi recuerdo en la acera y sin embargo, desconocía mi trazo. Creo que tal vez aprendía a mirarlo de nuevo, pero en otro tiempo, la estrechez de otro paso y la ligereza de otro encuentro indistinto. Creo que cada vez que camino por esa misma calle me acuerdo del acantilado, de ese lugar que sólo yo he conocido y que inextinguible surca mi mirar. Me acuerdo del mar, la palidez de su murmullo tan quieto, llamándome tan dentro desde una calidez que reconozco justo ahí; en ese andar tan vívido. Me despeja, porque soy una extranjera en mi propio habitar.

Es curioso, pero he pensado que Rebeca me provoca la misma sensación: he vivido lo suficiente para reconocer mi paso, pero creo que también para dejarlo ir, para dejarme perder. Quizá para volver a encontrarlo en otro llano, o en la profundidad de otro viento. Sólo aquí, en esta calle que hemos habitado tantas veces, ese lacónico silencio que de a ratos es tan afín, o esa caída continua que me libera. Mis huellas se deshacen aquí y allá, porque no soy más que desvelo, instantes resquebrajados que de pronto se funden en mi sueño. Es muy bonito en realidad, porque ella me hace recordar todos los lugares que alguna vez fui y los que aún no soy.
Caminábamos sin rumbo mientras anochecía –es costumbre nuestra nunca tener un rumbo–, pero allá es costumbre mía ser rumbo. Afloramos, somos caminos sin nombre.

Me decía que hay lugares que son capaces de transportarnos a otros lados y eso lo viví tan claramente hoy, porque hoy me sentí soledad y vértigo; volví a recordar con cada pisada al asfalto lo que es ser altura y profundidad, lo que es vivir aquí y allá.

Me dijo: eres el destino del mar.

Alejandra Ríos

Alejandra Ríos

Colecciono sonidos.