Anillas

Ficcióncuento

Anillas

Si inclino la cabeza, ¿qué pasa? Me encuentro con una abeja saltando de pasto en pasto entre mis pies. Me toma un momento… y salto. La abeja sale volando, y corro adentro de la casa. El sol brilla con todo lo que puede y se cuela por las puertas abiertas de par en par en casa de mi abuelo. Posada sobre el cerro, apenas alcanza a estar dentro de Santiago, como mis pies balanceados en el umbral de la puerta.

Venir aquí sabe a granada y nueces que crecen en el patio y son puestas en fuentes sobre mesitas en la casa. Tomo una en cada mano, contemplando su dureza, y me acerco a mi abuelo buscando ayuda. Sus enormes manos esconden las mías.

“Antes el granado no daba”, comienza a contar, mientras camina a la cocina en busca de un cuchillo. “¿Te he contado?” Los abuelos siempre cuentan historias.

No lo sé, realmente. Es probable, pero solamente lo miro en respuesta. Él ya se acostumbró a mi falta de palabras. Lo haya escuchado o no, no me importa realmente, me gusta oírlo hablar. Son historias que crecen, crecen, crecen, saliendo de la piscina redonda en cascada, como el agua que chorrea de él cuando sale de nadar.

“En las noches de San Juan, se hacen varios rituales”, corta alrededor de la corona de la granada, “uno de ellos es poner tres papas: una pelada, una a medio pelar y la otra peluda, y se tiran debajo de la cama”, jala del cáliz, “uno se agacha y mete la mano, y la que agarre, mostrará su suerte”, y sonríe.

Dibuja líneas sobre la corteza con el filo. Su piel descolorida deja ver las venas corriendo debajo, prominentes. Sus manos son ancianas, pero fuertes. “Había uno que decía que, si te atrevías a tomar la flor de la higuera, el diablo te enseñaba a tocar la guitarra”.

Contempla la fruta un momento y se voltea, recordando que también le había pasado una nuez. En los días de verano como estos, se pasea en su traje de baño y sandalias. Cuando cocina, su atuendo varía únicamente por el delantal con el que se cubre su panza abombada, casi una perfecta circunferencia resguardada por la tela rayada. Ahora se para con su mismo bañador y una bata.

“En la noche de San Juan, tu abuela hacía otro rito”. Toma el cascanueces y lo presiona con fuerza. Pongo mis manos como cuchara y recibo todos los trozos de cáscara y fruto, y mientras él retoma el desmembramiento de la granada, yo separo pedacitos de nuez y me los llevo a la boca.

“Este granado no daba nada. Lo plantó tu abuela, que tenía un jardín precioso, con rosas de todos colores y un huerto, y tenía un sincero talento con las plantas, pero el granado se le resistía”. Se toma un momento y presiona las manos, y las pequeñas granadas se asoman con éxito. “Una vez, lo azotó y yo la paré, porque así iba el rito”.

Con los dedos, separa las piezas que cortó con el cuchillo. “El año siguiente, dio frutos”, limpia la membrana blanca que recubre a las semillas y me pasa un pedazo. “Y sigue dando”, lo recibo en una mano, y en la otra sostengo las cáscaras de nuez.

En estos días de verano, pienso que mi abuelo se siente como rayos de sol. Sus manos suenan: clic, como suena el quemador cuando se prende: clic, clic, como suena el temporizador del tostador: clic, clic, clic.

Con las manos y la boca llenas de jugo de granada, me siento al borde de la terraza con los pies en el pasto. Las cenizas de mi abuela están en esta tierra, y se me ocurre que puedo escucharla. Cuando inclino la cabeza, caen pedacitos de granada entre mis dedos y me acuerdo de que mi tío sabe tocar la guitarra.

Amanda González Alarcón

Amanda González Alarcón

Chilena paltera, 23 años. Instagram: @amandinalaandina.