Andanza

No ficción

Andanza

Siento mi cuerpo grande. Me puse una camiseta larga, semi-vestido, y me quedé mirando mis muslos en el espejo. Continué viéndolos al aplastarse contra la silla y desparramarse encima. Carnosos.

Miré mis pantorrillas en el reflejo de la puerta de vidrio al final del pasillo. Siempre han sido fuertes y formadas por caminar en puntas, y cuando sigo la línea de la tibia, me imagino los rulos de las rodillas de Hércules. Me encuentro con un moretón alrededor de la izquierda. No sé con qué me di.

El pantalón me queda distinto. Ajustado, sí. De mi talla, también. Pero ahora se ciñe por otros lados, donde no lo solía hacer. Me decido enfrentar al roce de la ropa. Dejo mi pelo suelto, a que se forme lo que sea hasta que se encuentre con la almohada.

Al estirar el chal sobre la arena, me recosté con mi bikini improvisado. Todavía sentía mi cuerpo grande, pero más grande era mi neutralidad. Qué más: incluso bien. Elegí aquellas piezas para exponer mi panza al sol, cada vez menos pálida.

He despertado con un semi-embarazo en la parte baja del abdomen estos días, y una presión punzante debajo. Con el primer té desaparece el dolor, pero la incomodidad persiste contra mi pantalón y me acompaña al irme a dormir por la noche, a pesar de todos mis esfuerzos de disolverla con infusiones de siesta y menta –completamente fútiles contra las dos o tres tazas de café que tomo nerviosamente a lo largo del día–.

Tendida en la cama, hago lista de todas las opciones:
– pan
– garbanzos
– cerezas sin lavar

Ha de ser el pan.

Dedico una parte del día al relajo familiar y la otra a trabajar. Y a veces levanto la mirada para pensar en un dibujo, un texto, o la taza de té aún muy caliente para tomar, y son esos frágiles intersticios los que dejan que se cuele la sensación nublada tras el vapor de la taza que sostengo. Terror. Mi panza corresponde.

Punzada.

El borde del pantalón contra mi carne. La presión que la encierra. Los muslos aplastados, mis brazos asomados por debajo de la manga.

Me paro a estirarla, a sentir mi panza menos. Me paro a sostener mi peso sobre mis piernas, cuya fortaleza me consta, y de repente agradezco sentirme carnosa. Con estas piernas subo cuestas, y mi cuerpo se siente extraño porque ha cambiado en más de una forma y ahora se siente incluso más maduro. Ya no queda trazas de niña.

De pequeña miraba a las mujeres desnudas en los camarines del centro de baile a donde acompañaba a mi mamá. Conversaban mientras se ponían el atuendo con el que iban a salir a almorzar, las blusas airosas que correspondían a la comida familiar de un sábado en verano. En los propios camarines escolares, miré a las que mostraban los primeros brotes de la pubertad, y a las que escondían su desarrollo tardío o temprano (en relación a qué o quién, no estoy segura).

De nuevo miro el reflejo de mis piernas desnudas en la puerta. Son fuertes y blanditas. Ardieron ante el roce violento de la arena atrapada en el oleaje del mar al mediodía, y ahora ostentan orgullosas piel nueva. Se mueven a pesar del leve punzar en mi panza. Su movimiento lo relaja.

Este cuerpo no es el mismo, incluso a mí me desconoce. Nos aprendemos de nuevo, y yo lo dejo encontrarse con la luz y rozar la arena.

Quizá no es el pan.

Quizá carraspea mientras aprende a usar su nueva voz.

Recién aprende a hablar.

Amanda González Alarcón

Amanda González Alarcón

Chilena paltera, 23 años. Instagram: @amandinalaandina.