Amor de primera mano

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Amor de primera mano

Una vez escribí sobre vivir el amor de segunda mano. Sobre nunca haberme enamorado, no haber sentido el frenesí de todas las sensaciones recorriendo el cuerpo más que a través de libros, películas y canciones con letras que arrastran el pecho. Pero las canciones ya me dan voz. Ahora las canto y las tallo en mi piel y las enredo en mi columna vertebral. Alguna vez escribí sobre aquel dolor vicario que se vive al entonar Shakira a todo pulmón, por sensaciones que no me pertenecen pero que resuenan en mis oídos. Pero en eso recae. Solo mis oídos.

Y hace unos meses le quise dar un dibujo a una profesora, algo que representase las cosas que me había entregado su clase. Pero al ver el resultado final, me di cuenta de algo tremendamente triste: nada más representaba cómo continuaba sin lanzarme al vacío. Una mujer trazada en lápiz sentada junto a la ventana mirando lo verde del jardín afuera. Pinté las flores con acuarela. Las dibujé como me imaginaría que se ven, o como las había observado por meses, como manchas de pintura, sin detalles por la lejanía. Y sentí cómo me caía el corazón a la panza. Solo una observadora.

Ahora las canciones caen a través de mi garganta, llenan mis pulmones e inundan mi panza. Corren como un sorbo de una taza de té caliente temperando todo el cuerpo. Es suave, por lo que no me apanica. Hay una cómoda sutileza en su avance, como al meterse a la cama fría y esperar a que se calienten las sábanas. Basta aguantar unos momentos para quedar envuelta en esa quieta calidez.

Por más que lo he intentado –y francamente, no he tratado mucho–, no sé tocar ningún instrumento, así que solo me queda la voz para musicalizar. Y una se acostumbra a cantar sola y que la canción suene completa con los coros rellenando en la cabeza. Y si mi orquesta toca sola, dejo que llene el cuarto, que sobrepase las barreras de mi mente y rebote en las paredes. Que los latidos lleven el ritmo.

Tengo otro dibujo ahora. Quiero reencontrarme con esa maestra y entregarle lo que realmente me gustaría haberle dado, una ilustración propia, una sensación que no viene de las letras y palabras de los demás. Porque mi corazón se esconde como la luna a plena luz del día, intentando brillar al lado del mismo sol que calienta mi cara de topo que decidió asomarse de su agujero.

Amanda González Alarcón

Amanda González Alarcón

Chilena paltera, 23 años. Instagram: @amandinalaandina.