Editorial agosto 2018

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Editorial agosto 2018

Sobre los cambios de estructura.

Recuerdo los veranos escolares. Recuerdo los tres meses de vacaciones y el calor, andar todo el día en mi falda de jeans con rosas bordadas y traje de baño. Tenía otra con vuelitos con margaritas. Eso y bikini de colores. Así andaba por la casa.

Lo máximo que hacíamos era ir a casas de amigas (cuando no eran las vacaciones oficiales con papás), una a la piscina de la otra. A veces caminábamos una cuadra al mini-market por un helado. Yo siempre quería el Danky Sahne-Nuss: era el especial, un lujo, que venía con cono y una bolita de chocolate con almendra encima. Pero terminaba comprando un Pura Fruta o un clásico Chocolito. Una vez traté de comprarle uno al heladero con las monedas de chocolate que el Ratoncito le había dejado a mi hermana por sus dientes. A veces pienso que, si hubiera sido el heladero, sí hubiese aceptado mis monedas. Total, eran cien pesos (chilenos). Seguramente le estaba dando el equivalente en monedas de chocolate.

Nunca sabía qué hacer para el final del verano. Quería volver al colegio, me gustaba el olor a libros, comprar útiles y poner etiquetas en mis cuadernos. Pero crecer cambió el tinte de los regresos a clases. Ahora me generaba estrés ir a comprar uniformes y aumentar tallas; no por pasar del tamaño de una niña de ocho años a una de nueve, sino porque ya me acercaba a mi tope de altura, y subir tallas significaba hacerlo para otros lados que arriba. Tener que elegir una falda e insistir en caber en una mediana porque la chica no me entraba ni por si acaso, y la grande suena, bueno, grande.

Los fines de verano están teñidos con tonos de películas de coming-of-age; quizá porque antes de esa etapa de vida, no teníamos tantas crisis existenciales, y después, dejas de tener vacaciones de verano. Ahora no tengo que comprar uniformes para volver a la universidad, pero sí me compré unos jeans una talla más grande de lo usual y, bueno, no me importó. Entré al probador por voluntad propia, me los puse y me quedaban bien. Adentro. No hubo ansia. Solo jeans.

Esos veranos de probarse faldas eran en enero y en febrero. En el hemisferio sur, los comienzos pasan todos al mismo tiempo. En diciembre reinan las mismas reflexiones de fin de año; en enero hay metas; en marzo, se acaba el verano. Acá hay dobles comienzos. El verano en junio me hace pensar en el mediodía, y julio es el sol que quema. Agosto es el inicio del avance de la tarde, la luz cálida y suave que desciende. En el otro hemisferio, la mitad de año se sume en las nubes, y en septiembre renace a la luz. Sensaciones distintas. Otros comienzos.

Agosto suena a atardeceres. Vienen los planes de después del mediodía, el sol que calienta e ilumina. Volvemos a andar, ya no está el frenesí mañanero, y nos dejamos llevar por la tarde. Es un comenzar distinto, distante de las metas de año nuevo que naufragan al mes. Agosto deja entrar. Deja pasar. En agosto creces y te pones los jeans que sean, y te pintas de amarillo, hacia la tarde.

Amanda González Alarcón

Amanda González Alarcón

Chilena paltera, 23 años. Instagram: @amandinalaandina.