Acordes de color

“When the music’s over turn out the lights.” – Jim Morrison.

A veces, en las noches más oscuras, la luz entra por los oídos. Si cierro los ojos puedo ver los hilos que forman el telar, todos. Cada uno tiene su propia función, un color único y una textura diferente. Juntos crean un Todo. Un cosmos tan caótico como estructurado que da vida a nuevas sensaciones y revive antiguos pensamientos. El día y la noche se convierten en uno solo y la noción del tiempo ya no existe, sólo importa el paisaje descrito por los instrumentos y el mensaje predicado por la voz.

Como don de la evolución, el humano utiliza el oído como herramienta de reconocimiento de su entorno, y la memoria auditiva funge como principal agente de esta misión de supervivencia, siendo que relaciona sonidos con sus causas previamente distinguidas por la vista. De tal manera que es imposible no distinguir un leve repiqueteo de gotas sobre el parabrisas de nuestro auto, del estruendoso martilleo de una tormenta contra un techo de lámina. Así, cuando las primeras gotas empiezan a caer, nuestra mente crea imágenes directamente asociadas con el sonido que percibe, recrea los colores del cielo y la sensación del agua en la piel.

Es curioso que la música tenga el mismo efecto, pues una canción que es escuchada por primera vez puede traer consigo más imágenes que cualquier sonido “natural”. Y no se limita a presentar a quien la escucha una imaginería visual, sino que ideas y pensamientos profundamente personales son presentados con cada acorde haciendo de cada canción una infinita yuxtaposición de emociones y sensaciones que pueden tanto hacer a uno bailar durante horas como a otro llorar amargamente con la misma pieza musical.

Escuchar música siempre ha sido una parte fundamental de mí, por lo menos significativamente desde los ocho años, cuando por Navidad mi papá me regaló un Discman, uno rojo. A partir de entonces el arte sonoro por excelencia ha sido piedra angular de mi vida y la columna vertebral de cada día, pues no recuerdo haber pasado más de 20 horas en los últimos trece años sin escuchar al menos una canción. Los audífonos, todos los que he tenido, gozan más de mi cariño que la mayoría de las personas a las que llamo mis amigos; conocen mejor a mis oídos y la forma de mis orejas que yo mismo; los llevo a donde voy y como muestra de agradecimiento, responden llevándome al infinito.

Desde el primer momento en que coloqué aquellos audífonos de esponja negros sobre mis oídos y le di “play” al disco de Iron Maiden que puse adentro del Discman, el mundo exterior perdió importancia. Aún recuerdo el vórtice verde y azul fluorescente que se hacía prominente o estrecho según dictara la composición de la canción, recuerdo la energía que sentía en mis brazos, la necesidad de mover mi cabeza al ritmo de la melodía y las ganas de gritar para acompañar al vocalista, aunque no entendiera ni una palabra de lo que decía. Y cada canción era diferente: en unas había luz y destellos, en otras oscuridad y figuras amenazantes. ¿Por qué querría regresar al mundo real? Los audífonos me transportan a un estado onírico que puede durar lo que yo decida; un mundo en el que ninguna forma ni color se repiten.

Pero hay algo que sí es constante, los sentimientos y emociones son recurrentes. Se suman recuerdos y añoranzas, que solo fortalecen el flujo del sentir del alma, lo único que cambia es la comprensión que uno puede tener sobre sus propias emociones y su relación con el exterior.

Conozco al mundo a través de la música, pues escapé de él a través de la misma. Si bien me considero introspectivo y de cierta medida retraído, creo que cuando me expreso y cómo me expreso es una proyección de la música que he escuchado a lo largo de los años; sin la música como soporte principal de mi identidad, no tendría un acercamiento sincero a mi propia expresión. Siendo residente de un hogar lleno de ruido, de fuera y especialmente de adentro, era necesario cubrir ese caos con un orden estético que apelara a quien soy, o que moldeara lo que puedo ser; sentirme identificado con una canción, tanto estructural como líricamente es indispensable para poderla considerar de mis favoritas; sentir que conozco al intérprete, o mejor aún, que este me conoce a mí, es la ventana que separa mi aislamiento reflexivo de una soledad demente. No que tenga algo en contra de la locura, sino más bien un miedo a estar perdido para siempre, a estar de cualquier lado de un muro sin puertas, al final estar adentro es lo mismo que afuera si se está solo.

Escuchar música puede ser la única luz en un cuarto oscuro, así como la oscuridad en un día soleado. La diferencia puede ser una nota.

Pablo Bendímez de la Torre