Acento

No sabría decir con precisión cuantas veces me han preguntado por mi acento. Tampoco sabría decir cuántas veces he tenido que aclarar que mi acento no es ningún punto de referencia, pues, si uno fuere a pisar suelo quiteño, manaba o guayaca no habría reverberación alguna de mi cadencia personal.
Sin embargo, sí sería capaz de graficar la relación inversamente proporcional entre la cantidad de modismos e inflexiones chilenas que adopto y la frecuencia con la que me preguntan de dónde vengo. También tengo contabilizadas las veces que me han dicho que no sueno ecuatoriana, las veces que no sueno latina, las veces en las que el gringo de turno asumió que debía hablarme en español y todas aquellas en las que no. Cuento todos los curiosos incidentes en los que soy reconocida como pequeñas victorias que intentan compensar todas las innumerables veces que lo consideré una derrota.

Sin embargo, está mi Madre.

Mi Madre que sostiene su acento como una escopeta. Con dos manos, firmes y seguras. Su lengua es machete de acero, caña manabita, cacao, café y guineo. Ella habla un ceviche de spanglish y chilensis; una letanía irreverente en la que mi hermano se convierte en mi ñaño, mis amigos son fulano, la flaca y la alta, carrete y caña son inofensivos artículos de pesca, pero cuidadito con irse de farra y regresar chuchaqui. Para ella cuica es un parásito y no una mujer que vive en La Dehesa, aunque a veces son uno y lo mismo.
Mi Madre no pregunta cómo estoy, mi Madre dice: “qué hubo”. Dos palabras que suenan como una, pero no es una pregunta, es un anuncio, un saludo, una exclamación. Mi madre no dice “disculpa” cuando necesita algo, pues no requiere ser perdonada; ella vocifera un “oiga” porque va a ser escuchada. Sus palabras caen al ritmo de la percusión y la sonora en su boca se convierte en una canción de Marc Anthony. Su melodía no puede ser contenida por la marraqueta o la sopaipilla, tiene demasiada cadera, demasiado sol, demasiado son, acordeón, vallenato y teclas de piano atascadas entre sus dientes. Ella es demasiada salsa como para permanecer sentada.

El acento de mi Madre me recuerda que todavía soy mija, chévere, pelada, el colmo y pendeja, en ecuatoriano. Me recuerda que siempre seré la Niña Kennita sin importar la edad que tenga; porque cada vez que escucho su risa se filtra el sol costeño por las fibras de un sombrero de paja toquilla.

El acento de mi Madre es un telegrama heredado de su madre y su madre antes que ella, decorado con los papelitos de colores que envuelven un huevo mollo.

El acento de mi Madre es una brújula testaruda: siempre apuntando hacia su hogar.

Kennya Mena

Kennya Mena

Kennya. INTP. Estudiante de derecho. Nouveau tumblr beatnik